la que equilibra lo que se desborda
la que equilibra lo que se desborda
El gol entró limpio, por la escuadra izquierda. Todos lo vieron.
Lucía levantó el brazo.
Marco se giró hacia ella despacio. Luego miró el suelo. Luego volvió a mirarla.
Nadie dijo nada.
Sergio se rascó la nuca. Paula se agachó a atarse el cordón, aunque no estaba desatado. El chico nuevo, que llevaba solo tres días en el colegio, miró a Lucía para ver qué hacía.
Lucía recogió su mochila.
Y se fue. Los demás esperaron un momento, uno detrás de otro, y luego la siguieron. No corrieron. No dijeron nada. Solo se fueron, como se va la luz cuando alguien apaga el interruptor.
Marco se quedó con el balón a los pies. El patio estaba vacío.
Había una chica sentada en el banco del fondo. El banco que nadie usaba porque tenía una pata rota y se ladeaba.
Tenía una balanza pequeña entre las manos. Los platillos eran de un metal oscuro, casi negro, con marcas como de haber caído muchas veces. Los platillos se movían solos, muy despacio, aunque no hubiera nada encima. Como si alguien que no se veía fuera poniendo y quitando cosas. La chica la sostenía con las dos manos, muy quieta, como quien sujeta un pájaro sin apretarlo.
La chica no levantó los ojos de los platillos.
Ella levantó los ojos. Lo miró un segundo exacto. Luego volvió a los platillos.
Marco se sentó en el extremo del banco. El banco se ladeó. Ninguno de los dos dijo nada sobre eso.
La chica dejó la balanza sobre el banco entre los dos. Los platillos se detuvieron un momento. Luego volvieron a moverse.
Marco abrió la boca. La cerró. Miró los platillos. Uno de ellos bajó un poco.
El banco se ladeó un poco más. Marco apoyó los codos en las rodillas y miró el suelo. Los platillos seguían moviéndose.
La chica cogió la balanza y la sostuvo frente a él, con los platillos a la altura de sus ojos.
«¿Cuánto es suficiente para ti?»
Marco miró los platillos. Miró a la chica. Volvió a mirar los platillos.
Los platillos se detuvieron. Completamente quietos por primera vez. Perfectamente iguales.
La chica se levantó. Dejó la balanza sobre el banco.
Y se fue. Marco se quedó mirando la balanza. Los platillos habían vuelto a moverse, muy despacio, de un lado a otro. Cogió el balón. Lo dejó caer. Lo recogió. Lo dejó caer otra vez. Luego se levantó y fue a buscar a Lucía.
La encontró en los asientos de piedra de la entrada, con Sergio y Paula. Los tres callados, comiendo. Marco se paró delante de ellos. Se metió las manos en los bolsillos.
Nadie dijo nada durante un momento. Paula se miró los zapatos. Sergio le dio un mordisco al bocadillo. Luego Lucía se levantó y se sacudió las migas de los pantalones.
Marco seguía ganando casi todos los partidos. Pero cuando no ganaba, a veces decía algo que antes nunca había dicho. Solo dos palabras, en voz baja, casi para sí mismo.
Un martes llegó al patio un chico nuevo. Era muy bueno, mucho. Y cuando Lucía pitó un fuera de juego, el chico se paró en seco, miró la línea, y empezó a decir algo sobre que la línea estaba corrida. Marco lo reconoció de inmediato. No al chico. Algo en el chico. Se sentó a su lado en el banco del fondo. El banco se ladeó.
El chico lo miró.
Es no dejar que los demás jueguen de verdad.
Y así la balanza encontró nuevas manos
que todavía no se habían hecho la pregunta.
Nos interesa tu experiencia, tus dudas o tu opinión sobre este cuento.
Un banco con una pata rota, un balón y una balanza que se mueve sola. No hace falta más. Lo que importa no es que salga bien — es lo que queda después.
El espacio
Marca con cinta un rectángulo de unos cuatro metros por tres. Ese es el patio. En un extremo, una silla —preferiblemente con algo que la haga inestable, una pata más corta o un cojín doblado— representa el banco del fondo. Ese banco es el de nadie: no es de los que juegan bien ni de los que juegan mal. Es simplemente el del fondo.
El resto del espacio es el patio. Cuando los personajes se van, que se vayan de verdad: fuera del rectángulo, de espaldas, sin prisa.
Una silla que se ladea al sentarse. Los espectadores lo notarán sin que nadie lo explique.
Pequeña, de metal si es posible. El narrador la inclina imperceptiblemente con la muñeca para que parezca que se mueve sola.
Real. Marco lo bota, lo para, lo deja caer. Es la extensión física de su estado interno en cada escena.
Colores neutros. Nem no quiere ser vista hasta que quiere ser vista.
Los personajes
El guion (versión mínima)
No hace falta memorizarlo. Se puede leer, improvisar o contar con las propias palabras. Lo que no se puede cambiar son los silencios: cada pausa marcada aquí tiene que existir. El silencio es donde el cuento trabaja.
¿Y ahora qué?
Cuando termine la representación, antes de hacer cualquier otra cosa, dejar que la pregunta de Nem esté en el aire un momento. Luego se puede cambiar el final y repetir. Las variantes son donde el teatro hace su trabajo de verdad.
- ¿Y si Marco no va a buscar a Lucía? El narrador se queda solo con la balanza. Los espectadores deciden qué pasa después. ¿Qué hace Marco al día siguiente? ¿Y al otro?
- ¿Y si alguien del público es Nem? Elegir a alguien que haga las tres preguntas. Sin decirle cuáles son — que las invente. Ver qué preguntas surgen y si se parecen a las de Nem o van a otro sitio.
- ¿Y si Lucía no se va? ¿Qué cambia? ¿La pregunta de Nem sigue siendo necesaria? Esta variante vale más si los participantes han jugado la versión original primero.
- ¿Conoces un Marco? No una persona concreta — una situación. En el colegio, en el barrio, en casa. ¿Cómo terminaría esa historia si apareciera Nem?
Nos interesa tu experiencia, tus dudas o tu opinión sobre este cuento.
Una tarde estaba con mi nieto en un colchón en la tarima flotante del salón. Acabábamos de comer. Yo había imprimido una ilustración del Juicio de Paris — una imagen sencilla, coloreada a mano por su abuela. Él la sostenía.
Le conté el mito. No el mito como está escrito. El mito como yo sabía que él podía escucharlo ese día, con dos años y medio. Señalando las figuras. Comentando la manzana. Sin moral al final. Sin lección. Solo la historia, dicha para él.
Veinte segundos después se durmió. No fracasó nada. Fue perfecto. Se durmió con su abuelo al lado contándole algo. Ese momento ya ocurrió. Ya existe, aunque él no lo recuerde conscientemente nunca.
Eso es lo que puedes hacer tú con este cuento. No leerlo tal como está. Conoces a tu hijo, a tu nieta, a tu sobrino. Sabes qué palabras entiende hoy, qué ideas le llegan. Coge la historia de Marco y la balanza y cuéntasela a él. Con sus palabras. La edad es lo de menos. Lo que importa es que estás ahí.
Lo que sigue es para ti, no para explicárselo a él. Para que llegues con algo propio a la conversación — si es que llega.
Quién era Némesis
Némesis (Νέμεσις) es la diosa de la proporción justa. Su nombre viene de νέμειν — distribuir, repartir. No es la diosa de la venganza, aunque en la cultura popular se la usa así. Es la diosa del equilibrio: lo que se ha desbordado, Némesis lo reequilibra.
Su atributo clásico es la balanza. No juzga quién es mejor — mide cuánto está tomando cada uno. Cuando alguien toma más de lo que le corresponde, no por maldad sino por exceso, Némesis aparece. Y no castiga. Pregunta.
En el cuento, Nem no dice a Marco que está equivocado. No le explica que Lucía tiene razón. Le hace tres preguntas sobre datos concretos — ¿cuántos partidos? ¿cuántos ha ganado Lucía? ¿cuántos Sergio? — y luego una sola pregunta sobre él mismo. Eso es más poderoso que cualquier corrección, porque la respuesta tiene que venir de dentro.
La balanza que se mueve sola, que Nem deja en el banco antes de irse, no es magia. Es la pregunta que ya está ahí, trabajando, aunque Marco no la esté haciendo en voz alta.
Lo que le pasa a Marco — y de dónde viene
Marco no es un tramposo. Es un niño que ha aprendido que su valor depende de ganar. Cuando pierde, no pierde un partido — pierde algo de sí mismo. Eso no lo inventa solo. Esa ecuación la ha visto en algún sitio: en cómo los adultos que quiere reaccionan ante sus victorias, en qué se celebra y qué se minimiza, en qué cara pone alguien cuando vuelve del partido con un resultado y qué cara pone con el otro.
Lo más difícil del cuento no es Marco. Es la pregunta que le hace Nem al adulto sin decírsela directamente: ¿cuánto énfasis pones tú en los resultados? No en los de Marco. En los tuyos. ¿Cuándo fue la última vez que le contaste una derrota propia sin convertirla en lección ni en triunfo posterior?
Corregir a Marco en caliente, delante de los demás, no enseña nada sobre la proporción justa. Enseña a disimular. La pregunta de Nem apunta a la raíz porque la hace en privado, sin testigos, sin urgencia, cuando la emoción ya bajó un poco. Ese es también el momento del adulto.
Tu trabajo después del cuento
La tentación después de este cuento es hablar de deportividad, de saber perder, de respetar al árbitro. Resiste esa tentación. El cuento no trata de eso. Trata de una sola pregunta: ¿cuánto es suficiente para ti? Y esa pregunta, si se deja en el aire sin rellenarla con una respuesta adulta, crea un momento de silencio donde el niño se escucha a sí mismo.
Si quieres abrir conversación, la herramienta que tienes es la misma que usa Nem. No "¿qué te pareció el cuento?" sino algo concreto, sobre algo real, sobre él:
La incomodidad productiva es el momento en que alguien se da cuenta de que algo que daba por hecho no tiene fundamento. Ese momento no se puede fabricar. Solo se puede dejar espacio para que ocurra. Y luego, silencio.
- ¿Conoces algún partido donde pasara algo parecido? ¿En el colegio, en el barrio?
- ¿Por qué crees que Lucía no discute — simplemente se va?
- ¿Crees que Marco era mala persona?
- ¿Qué habrías contestado tú cuando Nem pregunta «¿cuánto es suficiente para ti?»
- ¿Hay alguien a quien le hayas quitado espacio sin querer, como le pasaba a Marco?
Nos interesa tu experiencia, tus dudas o tu opinión sobre este cuento.
Esto no es un cuaderno de actividades. Es un espejo doble: primero te miras tú, luego miras a tu hijo, luego los dos os miráis al mismo tiempo. En ese orden.
Tú, antes
Lee el cuento solo. Antes de leerlo con el niño, o después, cuando no esté. Estas preguntas no tienen respuesta correcta y no hace falta compartirlas con nadie. Están aquí para que estén disponibles cuando las necesites.
¿Tienes un Marco en tu vida — alguien que necesita ganar siempre? ¿O eres tú ese Marco en alguna situación concreta?
¿Cuándo fue la última vez que perdiste algo con gracia — sin convertirlo en lección, sin el "pero al menos…", sin el reencuadre positivo que en realidad es otra forma de no perder?
¿Hay algo en tu vida donde nunca tienes suficiente, por mucho que consigas? No hace falta que sea deporte. Puede ser trabajo, reconocimiento, control, razón.
¿Qué cara pones —de verdad— cuando el niño vuelve de un partido que ha perdido? ¿Y cuando gana?
Él o ella, después
Después del cuento o del teatro. Sin interrogatorio. Solo observación.
- ¿Se identificó con Marco, con Lucía, o con ninguno de los dos?
- ¿Hubo algún momento donde se puso incómodo o incómoda? ¿Cuál — la escena de la línea, la pregunta de Nem, el silencio de Lucía?
- ¿Preguntó algo sobre la balanza — qué pesa, por qué se mueve sola?
- ¿Mencionó alguna situación de su propia vida que se pareciera a lo de Marco?
- ¿Quiso ser Marco, Nem, Lucía, o prefirió ser narrador? ¿Por qué ese y no otro?
- ¿Cómo jugó con los silencios? ¿Los aguantó o los rellenó enseguida?
- En las variantes, ¿qué hizo Marco al día siguiente? ¿Fue a buscar a Lucía o no?
- Si alguien fue Nem, ¿qué preguntas hizo? ¿Se parecían a las del guion o fueron a otro sitio?
Los dos, al mismo nivel
Cuando llegue el momento — y llegará solo, no hay que forzarlo.
Una situación donde necesitabas ganar, tener razón, ser el mejor en algo — y ese exceso le quitó espacio a alguien. No hace falta que sea de cuando eras niño. Mejor si es reciente, porque demuestra que esto no es algo que se supera cuando se crece.
Sin moraleja. Sin "y por eso ahora sé que hay que saber perder". Solo la historia. Y si puedes, cuéntale también la pregunta que te dejó sin palabras. La pregunta sencilla que no supiste responder en el momento — o que todavía no has respondido.
Lo que venga después de eso es una conversación entre dos personas que están mirando el mismo partido desde distintas gradas. Eso vale más que cualquier lección sobre deportividad.
Nos interesa tu experiencia, tus dudas o tu opinión sobre este cuento.