el que señala lo que nadie ve
el que señala lo que nadie ve
Ningún chico de mi barrio sabía lo que era una obra, hasta que el ayuntamiento hizo una en la plaza.
Yo me llamo Tomás y llevo once años viviendo en la calle Corredera. Eso significa que conozco la plaza mejor que nadie. Sé qué banco da sombra a las cuatro. Sé cuál tiene una pata floja. Sé que los de siempre —los que llevamos aquí desde pequeños— nos sentamos en los bancos de la derecha, bajo las palmeras. Y sé que los otros, los que fueron llegando en los últimos años de sitios distintos, se quedaron con los de la izquierda, los que dan al sol.
Nadie lo decidió así. Simplemente pasó. Y si algo ha pasado siempre de una manera, es porque es la manera correcta. Eso lo pensaba yo entonces.
Un lunes de septiembre llegaron las máquinas. Dijeron que iban a arreglar las tuberías viejas, que llevaban décadas filtrando agua bajo los adoquines. Levantaron exactamente la mitad izquierda de la plaza — los bancos del sol, el parterre con la palmera torcida, el grifo donde bebían los perros — y lo acordonaron todo con una valla naranja.
Eso significaba que durante semanas, todos tendríamos que caber en la mitad derecha.
La tarde del primer día lo vi venir. Salí al portal con mi pelota y ahí estaban ya: Kofi y su hermana, los dos chicos marroquíes del tercero, la niña rumana que siempre llevaba el pelo en dos trenzas. Todos en nuestros bancos. Como si nada.
Lo dije en voz baja, para mí. Pero lo pensé con mucha claridad.
Fue al tercer día cuando lo vi por primera vez.
Estaba sentado en el respaldo del banco de en medio — no en el asiento, en el respaldo, con los pies donde debería estar sentado — haciendo girar una moneda sobre el pulgar. La moneda subía y bajaba sin caer nunca, como si él y la moneda tuvieran un acuerdo privado.
Tenía más o menos mi edad, aunque era difícil saberlo. Vestía una camiseta sin mangas con algo escrito en griego antiguo —lo supe después— y miraba la plaza con una expresión que no era exactamente de aburrimiento sino de alguien que espera que algo ocurra y sabe que ocurrirá.
Me senté a dos bancos de él. Saqué el móvil. Fingí mirar el móvil.
No levanté la vista.
Miré alrededor como si acabara de darme cuenta de algo que en realidad llevaba días notando: los chicos del barrio de siempre apretujados en los tres bancos más cercanos al portal del número cuatro, y los otros dispersos por el resto, dejando un espacio sin acordonar entre los dos grupos que nadie cruzaba.
Lo miré por primera vez. Seguía haciendo girar la moneda.
No supe qué contestar a eso.
La moneda seguía girando. Yo no entendía por qué esa pregunta tan simple me había dejado sin palabras. Era como si alguien hubiera señalado algo que siempre había estado ahí y que, al señalarlo, hubiera dejado de ser invisible.
Momo vino los días siguientes. Siempre en el mismo banco, siempre con la moneda. No hablaba con nadie más, o al menos yo no lo veía. Pero hacía preguntas.
Al cuarto día me preguntó si alguna vez había hablado con Kofi.
Al quinto día me preguntó si yo sabía de dónde eran las familias que habían llegado al barrio en los últimos años.
No lo sabía. Nunca lo había pensado.
Al sexto día no preguntó nada. Se quedó mirando la plaza en silencio hasta que yo, sin saber muy bien por qué, me levanté y fui a sentarme más cerca del lado donde estaba Kofi. No al mismo banco. Solo un poco más cerca.
No pasó nada dramático. Kofi no me miró. Yo no le miré. Pero la distancia entre los dos grupos era un metro menos que el día anterior.
Las obras terminaron un viernes. El sábado por la mañana quitaron las vallas, pusieron adoquines nuevos y devolvieron la plaza a su forma original: dos mitades, dos filas de bancos, la palmera torcida de vuelta en su sitio.
Esa tarde fui a la plaza. Me senté en los bancos de la derecha, los de siempre, porque era lo que hacía siempre. Kofi estaba en los de la izquierda con su hermana y otros dos chicos.
Momo apareció por última vez. Se sentó a mi lado, sin moneda esta vez, con las manos en los bolsillos.
No contesté de inmediato. Miré los bancos de la izquierda. Miré los de la derecha. Miré el espacio entre los dos grupos, que volvía a ser el de siempre.
Momo asintió, como si esa fuera exactamente la respuesta correcta. Luego se levantó, se guardó las manos más hondo en los bolsillos y se alejó por la calle sin girarse.
No lo volví a ver.
La plaza volvió a ser la de siempre.
O casi.
Porque hay preguntas que, una vez que alguien las hace,
ya no puedes dejar de escucharlas.
Nadie lo sabe.
Nadie lo decidió.
Y sin embargo.
Nos interesa tu experiencia, tus dudas o tu opinión sobre los cuentos.
Un cuadrado en el suelo, cuatro personajes, y una plaza imaginaria. No hacen falta más cosas para que esto funcione.
El espacio
Marca con cinta adhesiva un cuadrado de unos tres metros por tres. Dentro, divide el espacio con una línea imaginaria —no hace falta marcarla— que separe dos zonas: la izquierda y la derecha. Esas dos zonas son los dos grupos de la plaza.
Si quieres dar más ambiente, pon dos sillas o dos bancos improvisados, uno a cada lado. Que sean visiblemente distintos si puede ser — uno con cojín y otro sin él, por ejemplo.
Dos sillas o dos grupos de sillas, uno a cada lado del escenario
Una moneda real, o cualquier objeto pequeño que el actor pueda hacer girar
Que Tomás sujete algo — un móvil apagado, un libro, cualquier cosa que finja mirar
Opcional: una cuerda o cinta que marque el lado en obras al principio
Los personajes
El guion (versión mínima)
Y ahora, ¿qué?
Una vez representado, propón una de estas variantes. No todas. Una sola que abra conversación es suficiente.
- ¿Qué pasa si Tomás no se mueve? Al sexto día, Momo dice "eso" pero Tomás no ha hecho nada. ¿Qué dice Momo entonces? Que los actores improvisen.
- ¿Qué pasa si Kofi habla? Darle voz a Kofi. ¿Qué diría desde el otro lado de la plaza? ¿Cómo ve él a Tomás?
- ¿Qué pasa al final? El cuento termina con "no lo sé todavía". Que los niños decidan qué hace Tomás al día siguiente y lo representen.
- ¿Quién más es Tomás? ¿Hay una plaza así en el colegio? ¿En el patio? ¿Dónde está la línea invisible?
Nos interesa tu experiencia, tus dudas o tu opinión sobre los cuentos.
Esto no es un cuaderno de actividades. Es un espejo doble: primero te miras tú, luego miras a tu hijo, luego los dos os miráis al mismo tiempo. En ese orden.
Tú, antes
Lee el cuento solo. Antes de leerlo con el niño, o después, cuando no esté. Estas preguntas no tienen respuesta correcta y no hace falta compartirlas con nadie. Están aquí para que estén disponibles cuando las necesites.
¿Tienes una plaza partida en tu vida? Un grupo al que perteneces y otro al que no. Una separación que "siempre ha sido así" y que nunca preguntaste cuándo empezó.
¿Ha habido alguna vez alguien que te hiciera la pregunta de Momo — no para atacarte, sino por curiosidad genuina — y no supieras responder?
¿Has cruzado alguna vez una línea invisible? ¿Sin saber exactamente por qué, como Tomás en el sexto día? ¿Qué pasó?
Si tuvieras que responder hoy "¿y tú?" — la última pregunta de Momo — ¿qué dirías?
Él o ella, después
Después del cuento o del teatro. Sin interrogatorio. Solo observación.
- ¿Se identificó con Tomás, con Kofi, o con ninguno de los dos?
- ¿Preguntó algo sobre la línea invisible — qué es, por qué existe, si es justa?
- ¿Hubo algún momento en que se puso incómodo o incómoda? ¿Cuál?
- ¿Mencionó algún lugar de su propia vida donde exista algo parecido?
- ¿Quiso ser Momo, Tomás o Kofi? ¿Por qué ese y no otro?
- ¿Cómo jugó con la pausa del final — "no lo sé todavía"? ¿La alargó, la cortó, la cambió?
- En las variantes, ¿qué hizo Tomás al día siguiente? ¿Cruzó o no cruzó?
- ¿Nombró una plaza real — en el colegio, en el barrio — donde exista esa división?
Los dos, al mismo nivel
Cuando llegue el momento — y llegará solo, no hay que forzarlo.
Un grupo al que pertenecías y otro al que no. Una separación que dabas por hecha sin preguntarte cuándo empezó. Puede ser de cuando eras niño o de ahora mismo — mejor si es de ahora, porque demuestra que esto no es algo que se supera cuando se crece.
Sin moraleja. Sin "y por eso hay que ser más abierto". Solo la historia. Y si puedes, cuéntale también la pregunta que te dejó sin palabras. La pregunta sencilla que no supiste responder.
Lo que venga después de eso es una conversación entre dos personas que están mirando el mismo mapa, cada una desde su edad. Eso vale más que cualquier lección.
Nos interesa tu experiencia, tus dudas o tu opinión sobre los cuentos.
Una tarde estaba con mi nieto en un colchón en la tarima flotante del salón. Acabábamos de comer. Yo había imprimido una ilustración del Juicio de Paris — una imagen sencilla, coloreada a mano por su abuela. Él la sostenía.
Le conté el mito. No el mito como está escrito. El mito como yo sabía que él podía escucharlo ese día, con dos años y medio. Señalando las figuras. Comentando la manzana. Sin moral al final. Sin lección. Solo la historia, dicha para él.
Veinte segundos después se durmió. No fracasó nada. Fue perfecto. Se durmió con su abuelo al lado contándole algo. Ese momento ya ocurrió. Ya existe, aunque él no lo recuerde conscientemente nunca.
Eso es lo que puedes hacer tú con este cuento. No leerlo tal como está. Conoces a tu hijo, a tu nieta, a tu sobrino. Sabes qué palabras entiende hoy, qué ideas le llegan. Coge la historia de Tomás y la plaza y cuéntasela a él. Con sus palabras. La edad es lo de menos. Lo que importa es que estás ahí.
Lo que sigue es para ti, no para explicárselo a él. Para que llegues con algo propio a la conversación — si es que llega.
Quién era Momo
Momo era, en la mitología griega, el dios de la burla y la crítica. Fue expulsado del Olimpo por señalar los defectos de las obras de los propios dioses con una precisión que nadie quería escuchar. Lo interesante de Momo no es la burla. Es que siempre tenía razón.
Momo es el que dice en voz alta lo que todos ven y nadie nombra. Por eso lo echaron del Olimpo. Los dioses toleran muchas cosas. No toleran que alguien señale exactamente lo que prefieren no ver.
En este cuento Momo no se burla. Solo pregunta. Pero la pregunta hace exactamente lo mismo: ilumina algo que estaba en la sombra. Y eso, a veces, es lo más incómodo que existe.
Lo que le pasa a Tomás — y a nosotros
Tomás no es un niño malo. Es un niño que confunde lo conocido con lo correcto. Percibe el estado actual de las cosas como natural o inevitable simplemente porque es el que existe. No porque alguien lo razonara. Solo porque es lo que hay.
Lo más revelador del cuento no es que Tomás tenga ese patrón. Es que, cuando Momo le pregunta cuándo empezó, no puede responder. Una sola pregunta bien hecha lo desestabiliza todo.
Eso mismo vale para los adultos — más, no menos. Los niños tienen menos historia detrás que justifique "esto siempre ha sido así". Busca en qué parte de tu propia vida todavía tienes una plaza partida que nadie decidió y nadie examina.
Tu trabajo después del cuento
La tentación después de este cuento es hablar de inclusión, de diversidad, de por qué es importante relacionarse con personas distintas a uno. Resiste esa tentación.
El cuento no trata de eso. Trata de una pregunta: ¿cuándo empezó esto? Y esa pregunta, si se deja en el aire sin rellenarla con una respuesta adulta, hace algo que el discurso sobre inclusión no puede hacer: crea incomodidad productiva. La misma que sintió Tomás cuando no supo responder.
La incomodidad productiva es el momento en que un niño se da cuenta de que algo que daba por hecho no tiene fundamento. Ese momento no se puede fabricar. Solo se puede dejar espacio para que ocurra.
Si quieres abrir conversación, la pregunta de Momo es la mejor herramienta que tienes. No "¿qué te pareció el cuento?" sino simplemente: ¿conoces alguna plaza así? Y después, silencio.
- ¿Conoces alguna plaza así? ¿En el colegio, en el barrio, en algún sitio?
- ¿Crees que Kofi sabía que había una línea invisible?
- ¿Crees que Tomás era mala persona?
- ¿Qué crees que hizo Tomás al día siguiente?
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