Jano — figura de cerámica romana con dos caras
Jano,
el que mira hacia los dos lados
I
El último día
Jano — figura de cerámica romana con dos caras
Jano,
el que mira hacia los dos lados

Luis no quería subir las escaleras.

Llevaba cinco minutos parado en el portal del colegio con la mochila en la espalda y la carta en la mano. La carta decía Para mis amigos del 6ºB y la había escrito la noche anterior con su madre sentada a su lado, que le sugería cosas y él copiaba sin escucharla del todo.

Dentro estaban Rafa y Darío y Celia y la profe Montse y el olor a fotocopiadora del pasillo y el gancho de su aula donde había colgado el abrigo tres años seguidos. El viernes era el último día. El lunes empezaba en otro colegio, en otra ciudad, con una mochila nueva que todavía olía a plástico.

Había un niño sentado en el escalón de la entrada. Luis no lo había visto nunca. Miraba hacia la calle con las manos sobre las rodillas, muy quieto, como si llevara tiempo esperando algo que sabía que iba a tardar.

LuisEso es la entrada.

El niño no se movió.

El niñoYa lo sé.
LuisPues no puedes estar ahí.
El niño¿Tú sí puedes?

Luis abrió la boca. La cerró. Miró las escaleras. Miró la carta en su mano.

LuisYo soy del colegio.

El niño lo miró por primera vez. Tenía una cara extraña —no fea, extraña— como si sus ojos miraran dos cosas distintas al mismo tiempo.

El niño¿Seguro?

Luis no contestó. Apretó la carta y subió las escaleras sin mirar atrás. Pero durante todo el día, en los momentos en que nadie le hablaba, pensó en la pregunta. No en la respuesta. En la pregunta.

II
La carta

A la hora del recreo, Rafa y Darío hicieron como si el viernes fuera un día normal. Jugaron al fútbol. Luis también jugó, pero estaba en otro sitio.

Celia se acercó antes de que sonara el timbre.

Celia¿Vas a leer la carta?
LuisLuego.
Celia¿Cuándo es luego?
LuisNo sé.

Celia se quedó mirándolo un momento. Luego se fue sin decir nada más.

A última hora, la profe Montse hizo un hueco al final de la clase. Dijo que quien quisiera podía decir algo. Algunos dijeron cosas. Luis tenía la carta en el bolsillo. La notaba. No la sacó.

Cuando sonó el timbre final, salió rápido, antes que los demás. En las escaleras pensó que si bajaba deprisa podría irse sin que nadie lo viera salir.

El niño seguía en el escalón. Ahora miraba hacia dentro —hacia la puerta, hacia el pasillo oscuro del portal— con las mismas manos sobre las mismas rodillas.

LuisLlevas aquí todo el día.
El niñoTú también.
LuisYo estaba en clase.

El niño señaló con la cabeza hacia la puerta, hacia el pasillo, hacia arriba. No dijo nada más. Solo señaló.

El niñoTodavía están ahí.

Luis apretó la mochila. Luego subió otra vez las escaleras. Leyó la carta. Le salió mal —se trabó dos veces y en un momento le tembló un poco la voz. La profe Montse no dijo nada de eso. Rafa le dio un golpe en el hombro de esos que no son un golpe. Celia lo miró.

Cuando bajó otra vez, el escalón estaba vacío.

III
El primer lunes

El colegio nuevo olía diferente. Más a pintura, menos a papel. Los pasillos eran más anchos. La clase estaba en el segundo piso y desde la ventana se veía una calle que Luis no conocía.

Se quedó en la puerta. Dentro había ruido, sillas, mochilas, una profesora que escribía algo en la pizarra sin haber visto todavía a Luis.

Había un niño sentado en el suelo, apoyado en la pared de al lado de la puerta. Miraba hacia dentro, hacia el aula, con las manos sobre las rodillas.

Luis lo reconoció.

LuisTú.
El niñoYo.
Luis¿Qué haces aquí?
El niñoLo mismo que tú.

Luis miró hacia dentro. La profesora seguía escribiendo. Nadie había salido a buscarlo.

LuisNo conozco a nadie.
El niñoYa.

Silencio.

Luis¿Y?

«¿Leíste la carta?»

Luis no entendió la pregunta. O la entendió pero no quiso entenderla. Se quedó mirando al niño un momento más. Luego miró la puerta. Luego entró.

Cuando a media mañana miró hacia el pasillo desde su sitio, no había nadie apoyado en la pared.

IV
Lo que queda

Tres semanas después, Luis conocía el nombre de cuatro personas de su clase. Uno de ellos, Mateo, jugaba al mismo videojuego que él. Otro, Nico, vivía en su misma calle.

Un martes, al salir, vio a una niña parada en la puerta con una mochila nueva que olía a plástico. Miraba hacia dentro sin entrar, hacia el pasillo, hacia arriba.

Luis se paró a su lado.

Luis¿Es tu primer día?

La niña asintió sin mirarlo.

LuisEl pasillo de arriba huele a pintura. Ya no tanto, pero todavía.

La niña no dijo nada.

LuisYo llegué hace tres semanas. Al principio no conocía a nadie.

La niña lo miró por primera vez.

LuisYa.

Y entró. La niña lo siguió un paso por detrás.

· · ·
Hay puertas que no se abren desde fuera.
Hay puertas que no se abren desde dentro.
Jano conoce las dos.

Y así el escalón encontró a alguien
que todavía no había cruzado.

Nos interesa tu experiencia, tus dudas o tu opinión sobre este cuento.

Un escalón, una mochila, una carta doblada en el bolsillo. No hace falta más. Lo que importa no es que salga bien — es lo que pasa en las puertas.

I

El espacio

Marca con cinta dos zonas separadas por un metro de distancia. Una es el colegio viejo —una silla, algo que lo haga reconocible: un gancho en la pared, una mochila colgada—. La otra es el colegio nuevo: más vacía, más fría. Entre las dos zonas, el escalón: una silla, un escalón de verdad, o simplemente el suelo.

Cuando los personajes están en el colegio viejo, están en esa zona. Cuando están en el nuevo, en la otra. El escalón es de nadie: ni de un lado ni del otro.

🪑El escalón

El lugar de Jano. Puede ser una silla, un cajón, el suelo. Lo que importa es que esté entre los dos espacios, sin pertenecer a ninguno.

📄La carta

Un papel doblado. Real. Luis lo lleva en el bolsillo desde el principio. El momento en que lo saca importa.

🎒Las dos mochilas

La de siempre en el colegio viejo. Una mochila nueva, a ser posible diferente, en el colegio nuevo.

👕Ropa de Jano

Colores neutros, sin nada que lo identifique con ninguno de los dos colegios. Jano no pertenece a ningún sitio.

II

Los personajes

Luis — el protagonista
Once años. No está triste de una manera que se pueda consolar — está parado. Hay una diferencia. La tristeza busca algo. Luis simplemente no puede cruzar. Su problema no es que le duela irse: es que no sabe cómo estar en los dos sitios a la vez, y no sabe que eso es imposible.
Clave: que no actúe la pena. Que actúe la parálisis.
Jano — el niño del escalón
No explica quién es ni de dónde viene. Está sentado. Hace preguntas. Desaparece. En la primera escena mira hacia fuera; en la segunda, hacia dentro. Ese detalle no se comenta: se ve.
Clave: que no parezca misterioso a propósito. Cuanto más normal suene, más rara se vuelve la situación.
Celia (opcional)
Una sola pregunta: ¿Cuándo es luego? No hace falta más. Si no hay suficientes participantes, el narrador puede mencionarla sin que aparezca.
Clave: que no parezca un reproche. Es una pregunta genuina, no una acusación.
La niña del final (opcional)
Puede ser cualquiera. Puede ser el propio Luis el que la cuente, sin que aparezca en escena. Su única función es recibir lo que Jano le dio a Luis sin saber que lo recibe.
Clave: que no diga nada hasta que Luis entre. El silencio de la niña es su personaje entero.
III

El guion (versión mínima)

No hace falta memorizarlo. Lo que no se puede cambiar son los silencios. El silencio es donde el cuento trabaja.

Primera puerta — el colegio viejo
NarradorLuis lleva cinco minutos en el portal. Tiene una carta en la mano. Dentro están sus amigos.
LuisEso es la entrada.
JanoYa lo sé.
LuisPues no puedes estar ahí.
Jano¿Tú sí puedes?
(⏱ Silencio — 4 segundos. Luis mira la carta. No contesta. Sube.)
En el recreo
Celia¿Vas a leer la carta?
LuisLuego.
Celia¿Cuándo es luego?
(⏱ Silencio — 3 segundos. Luis no contesta. Celia se va.)
Al salir
NarradorJano seguía en el escalón. Ahora miraba hacia dentro.
LuisLlevas aquí todo el día.
JanoTú también.
(⏱ Silencio — 3 segundos. Jano señala hacia arriba, hacia el aula.)
JanoTodavía están ahí.
(Luis sube. Lee la carta. Cuando baja, el escalón está vacío.)
Segunda puerta — el colegio nuevo
NarradorLuis lleva tres minutos parado en la puerta. Desde dentro llega ruido. Nadie ha salido a buscarlo.
(Jano está apoyado en la pared, mirando hacia dentro.)
LuisTú.
JanoYo.
LuisNo conozco a nadie.
JanoYa.
(⏱ Silencio — 5 segundos.)
Luis¿Y?
(⏱ Silencio — 3 segundos. Jano se encoge de hombros.)
Jano¿Leíste la carta?
(⏱ Silencio — 4 segundos. Luis mira la puerta. Entra. Cuando mira atrás, no hay nadie.)
El final
NarradorTres semanas después, Luis vio a una niña parada en la puerta con una mochila nueva.
LuisYo llegué hace tres semanas. Al principio no conocía a nadie.
(⏱ Pausa larga. La niña lo mira. Luis entra. La niña lo sigue un paso por detrás.)
IV

¿Y ahora qué?

Cuando termine, antes de hacer cualquier otra cosa, dejar las dos preguntas de Jano en el aire un momento. Luego se puede cambiar el final y repetir.

  • ¿Y si Luis no lee la carta? El narrador describe el lunes siguiente. ¿Qué lleva Luis en el bolsillo? ¿Qué hace con el papel doblado cuando llega al colegio nuevo?
  • ¿Y si alguien del grupo es Jano? Sin decirle qué preguntar — que las invente. ¿Qué pregunta haría Jano al Luis del primer día? ¿Y al del lunes nuevo?
  • ¿Y si Luis no entra al colegio nuevo? ¿Qué pasa ese día? ¿Y al día siguiente? ¿Quién aparece en el escalón entonces?
  • ¿Conoces una puerta donde hayas estado parado? No hace falta que sea de un colegio. Puede ser una habitación, una conversación, una decisión.
La señal de que funcionó. No es que el niño hable de cambios y transiciones. Es que la próxima vez que tenga algo difícil que decir, lo diga antes de que sea demasiado tarde. La carta en el bolsillo apareció sola.

Nos interesa tu experiencia, tus dudas o tu opinión sobre este cuento.

Una tarde estaba con mi nieto en un colchón en la tarima flotante del salón. Acabábamos de comer. Yo había imprimido una ilustración del Juicio de Paris — una imagen sencilla, coloreada a mano por su abuela. Él la sostenía.

Le conté el mito. No el mito como está escrito. El mito como yo sabía que él podía escucharlo ese día, con dos años y medio. Señalando las figuras. Comentando la manzana. Sin moral al final. Sin lección. Solo la historia, dicha para él.

Veinte segundos después se durmió. No fracasó nada. Fue perfecto. Se durmió con su abuelo al lado contándole algo. Ese momento ya ocurrió. Ya existe, aunque él no lo recuerde conscientemente nunca.

Eso es lo que puedes hacer tú con este cuento. No leerlo tal como está. Conoces a tu hijo, a tu nieta, a tu sobrino. Sabes qué palabras entiende hoy, qué ideas le llegan. Coge la historia de Luis y el niño del escalón y cuéntasela a él. Con sus palabras. La edad es lo de menos. Lo que importa es que estás ahí.

Lo que sigue es para ti, no para explicárselo a él. Para que llegues con algo propio a la conversación — si es que llega.

I

Quién era Jano

Jano (Ianus en latín) es el único dios importante de la mitología romana sin equivalente griego directo. Es el dios de los comienzos, los finales y los umbrales. Su atributo es tener dos caras: una que mira hacia el pasado, otra que mira hacia el futuro. El mes de enero lleva su nombre.

Guardaba las puertas de los templos y las ciudades. No era el dios de un solo tipo de umbral — era el dios de todos: las puertas de las casas, las puertas de los años, las puertas de las guerras, las puertas de la vida. Cuando algo empezaba, Jano estaba en el umbral. Cuando algo terminaba, también.

En el cuento, Jano no dice a Luis qué hacer ni hacia qué lado mirar. Está sentado en el escalón — que es exactamente lo que es un umbral: un escalón entre dos espacios — y hace dos preguntas. Una cuando Luis no puede entrar al colegio que deja. Otra cuando no puede entrar al que empieza. Las dos preguntas son distintas. Son la misma pregunta.

II

Lo que le pasa a Luis — y de dónde viene

Luis no está triste de una manera que se pueda consolar. Está parado. Hay una diferencia importante.

La tristeza busca algo: un abrazo, una explicación, que alguien diga que va a estar bien. La parálisis no busca nada. Es el momento en que uno no sabe hacia qué lado moverse porque moverse en cualquier dirección significa perder algo. Luis sabe que si entra al colegio viejo a despedirse, ese colegio empieza a ser el pasado de verdad. Y si no entra, tampoco puede irse del todo.

Lo más difícil de los umbrales no es cruzarlos. Es que para cruzarlos hay que soltar algo con una mano mientras se agarra algo con la otra. Eso no se aprende de una vez. Se aprende cruzando puertas, una a una, durante toda la vida. Luis está cruzando las primeras. Tú ya has cruzado algunas. Esa diferencia es el único material que necesitas para esta conversación.

Jano no resuelve eso. Lo que hace Jano — lo único que hace — es señalar que todavía están ahí. Que el momento no ha pasado todavía. Que la carta sigue en el bolsillo.

III

Tu trabajo después del cuento

La tentación después de este cuento es hablar de adaptación, de resiliencia, de que los cambios traen cosas buenas. Resiste esa tentación. El cuento no trata de eso. Trata de un momento muy específico: el instante antes de cruzar, cuando uno todavía no sabe si puede.

Si quieres abrir conversación, la herramienta que tienes es la misma que usa Jano. No ¿qué te pareció el cuento? sino algo concreto, sobre algo real, sobre él:

  • ¿Hubo algún momento donde no pudiste entrar — o salir — de algún sitio? No hace falta que sea un colegio.
  • ¿Qué tenía Luis en el bolsillo que no había sacado? ¿Por qué crees que no lo sacó antes?
  • ¿Crees que Jano ayudó a Luis? ¿Qué hizo exactamente?
  • ¿Hay algo que estés guardando tú en el bolsillo ahora mismo?
Sobre la última pregunta. No tiene que contestarse ese día ni en voz alta. Puede quedarse ahí. Las preguntas que trabajan de verdad no necesitan respuesta inmediata. Lo que necesitan es que alguien las haga con suficiente calma como para que el otro pueda tomarlas en serio. Eso es lo único que hace Jano.

Nos interesa tu experiencia, tus dudas o tu opinión sobre este cuento.

Esto no es un cuaderno de actividades. Es un espejo doble: primero te miras tú, luego miras a tu hijo, luego los dos os miráis al mismo tiempo. En ese orden.

I

Tú, antes

Lee el cuento solo. Antes de leerlo con el niño, o después, cuando no esté. Estas preguntas no tienen respuesta correcta y no hace falta compartirlas con nadie. Están aquí para que estén disponibles cuando las necesites.

1

¿Cuál ha sido el umbral más difícil que has cruzado? No el más dramático — el más difícil. A veces son la misma cosa. A veces no.

2

¿Hay algún umbral que todavía no has cruzado? Uno donde llevas tiempo parado en el escalón, mirando hacia dentro o hacia fuera, sin poder moverte.

3

¿Qué haces tú con las cartas que no lees? Con lo que tienes que decir y no dices, con lo que tienes que dejar ir y no dejas.

4

¿Cómo reaccionas cuando el niño está parado en un umbral — cuando no puede entrar o no puede salir? ¿Le das la respuesta, le empujas, te quedas a su lado en silencio, te vas?

Luis no aprendió solo a quedarse parado en los escalones. Aprendió observando qué hacen los adultos que quiere cuando llegan a una puerta difícil. Busca en tu propia vida quién es la persona que se sienta a tu lado en el escalón sin empujarte ni explicarte nada.
II

Él o ella, después

Después del cuento o del teatro. Sin interrogatorio. Solo observación.

Durante el cuento
  • ¿Se identificó con Luis antes de leer la carta o después?
  • ¿Hubo algún momento donde se puso incómodo? ¿Cuál — la pregunta de Celia, la primera aparición de Jano, la segunda?
  • ¿Preguntó algo sobre el niño del escalón — quién era, por qué sabía lo de la carta, adónde se fue?
  • ¿Mencionó alguna puerta propia — un primer día, un último día, algo que le costó empezar o terminar?
Durante la representación (si la hubo)
  • ¿Quiso ser Luis, Jano, o prefirió ser narrador? ¿Por qué ese y no otro?
  • ¿Cómo jugó con los silencios — los aguantó o los rellenó enseguida?
  • En las variantes, ¿qué hizo Luis si no leía la carta? ¿Qué preguntó Jano si alguien del grupo fue Jano?
  • ¿Cuándo decidió Luis entrar al colegio nuevo — antes o después de que Jano preguntara?
Si nombró una situación real — un colegio, un amigo, algo que terminó o que está por empezar — no lo conviertas en una lección. Solo escucha. A veces el acto de nombrar algo en voz alta ya es suficiente.
III

Los dos, al mismo nivel

Cuando llegue el momento — y llegará solo, no hay que forzarlo.

Cuéntale una vez en que tú estuviste parado en un escalón.

Una situación donde no podías entrar ni salir. Donde tenías algo en el bolsillo que no sacabas. No hace falta que sea de cuando eras niño. Mejor si es reciente, porque demuestra que esto no es algo que se resuelve cuando se crece.

Sin moraleja. Sin y por eso ahora sé que hay que ser valiente ante los cambios. Solo el momento: el escalón, la puerta, lo que había dentro, lo que habías dejado fuera. Y si puedes, cuéntale también lo que llevabas en el bolsillo. Lo que tenías que decir y tardaste en decir, o que todavía no has dicho del todo.

Lo que venga después de eso es una conversación entre dos personas que conocen la misma puerta desde lados distintos. Eso vale más que cualquier lección sobre adaptación.

Nos interesa tu experiencia, tus dudas o tu opinión sobre este cuento.