El niño nunca pudo quedarse quieto.
A los cuatro años, Sísifo ya había entendido que las reglas eran estúpidas. ¿Por qué tenía que quedarse sentado? ¿Por qué no podía gritar? ¿Por qué tenía que obedecer a adultos que claramente no sabían lo que hacían?
Un día, su maestro le dijo: —Sísifo, copia esta frase cien veces: "Debo obedecer sin preguntar."
Sísifo la copió una vez. Y luego escribió: "¿Por qué?"
Lo castigaron. Le dijeron que escribiera la frase doscientas veces.
Sísifo la escribió una vez más. Y añadió: "Esto sigue sin tener sentido."
Cada castigo era mayor. Cada rebeldía, más pequeña pero más persistente.
Un día le dieron una piedra. —Llévala de aquí hasta allá. Y cuando llegues, tráela de vuelta.
—¿Para qué?
—Porque sí.
Sísifo miró la piedra. Miró a su maestro. Y sonrió.
Empujó la piedra hasta el otro lado. La trajo de vuelta. Y preguntó:
—¿Ya está? ¿Ya aprendí a obedecer sin sentido?
Lo castigaron empujando piedras más grandes. Pero Sísifo había entendido algo:
Si el castigo no tiene sentido, entonces tampoco lo tiene el sufrimiento.
Y decidió que disfrutaría de la piedra.
Porque era suya.