Poseidón tenía ocho años cuando Zeus le explicó por qué siempre sería segundo.
Esa es la historia oficial: que había nacido segundo y por eso le tocó el mar.
Los tres hermanos habían nacido con minutos de diferencia. Poseidón primero. Hades segundo. Zeus último.
Pero Cronos se había comido a Poseidón primero. Porque era el que más lloraba.
—¿Eso significa que yo soy el mayor? —le preguntó Poseidón a Zeus años después, cuando ya habían derrotado a su padre.
Zeus se rió. Esa risa que Poseidón odiaba.
—No, hermano. Mayor es quien sale primero del vientre. Tú fuiste el primero en ser devorado. Eso te hace... ¿cómo decirlo? El más débil.
—Pero yo luché tan duro como tú contra Cronos.
—Por supuesto —Zeus le puso una mano condescendiente en el hombro—. **Fuiste muy útil. Por eso te voy a dar un reino hermoso. El mar.
—¿Y tú te quedas con el cielo?
—Alguien tiene que ser el responsable —Zeus suspiró, como si fuera una carga—. El cielo gobierna sobre todo. Mar, tierra, inframundo. Es una responsabilidad terrible, pero...
Poseidón sintió algo hirviendo en su pecho. No era tristeza. Era rabia.
—¿Y si no quiero el mar?
Zeus dejó de sonreír.
—¿Disculpa?
—¿Y si quiero el cielo? ¿Y si creo que yo debería ser el rey?
El aire se puso denso. Zeus creció hasta el doble de su tamaño.
—Hermano —dijo, con esa voz que hacía temblar montañas—, espero que solo estés bromeando.
Poseidón lo miró a los ojos. Durante mucho tiempo.
Finalmente asintió.
—Era broma.
—Bien —Zeus volvió a su tamaño normal—. Porque sería terrible tener que enseñarte tu lugar.
Esa noche, Poseidón bajó al mar por primera vez.
Y gritó.
Gritó hasta que las olas se alzaron como montañas. Hasta que el agua se volvió negra de furia. Hasta que todos los peces murieron en cien kilómetros a la redonda.
Había entendido algo terrible:
No era el dios del mar porque fuera especial.
Era el dios del mar porque Zeus no lo quería cerca.
El mar era un exilio disfrazado de regalo.
Y las tormentas que causaba no eran poder.
Eran rabietas que Zeus le permitía tener porque estaban lejos de él.
Poseidón pasó el resto de su vida intentando demostrar que el mar era tan poderoso como el cielo.
Sin entender que mientras más lo intentaba, más confirmaba que Zeus tenía razón.
Siempre sería segundo.
Porque había aceptado serlo.