La niña no nació. La hicieron.
Cada dios le puso algo: belleza, gracia, curiosidad, habilidad. Como si fuera un muñeco al que van añadiendo piezas hasta que camina.
Pero nadie le preguntó qué quería ella.
Creció perfecta. Demasiado perfecta. Sonreía cuando debía sonreír. Callaba cuando debía callar. Era la hija ideal que nunca había pedido existir.
Un día, a los ocho años, se miró en un espejo y se preguntó algo terrible:
"¿Quién soy cuando nadie me está mirando?"
Se escondió. Por primera vez en su vida, se escondió.
Y descubrió que cuando estaba sola... no sabía cómo ser.
Todo lo que hacía, lo hacía porque se lo habían enseñado. Pero ¿qué le gustaba a ella? ¿Qué la asustaba? ¿Qué la hacía reír cuando nadie más estaba riéndose?
No lo sabía.
Esa noche lloró. No de tristeza. De rabia. Porque entendió que era perfecta para otros, pero vacía para sí misma.
Años después, cuando le dieron la caja y le dijeron "no la abras", Pandora sonrió por primera vez de verdad.
No la abrió por curiosidad.
La abrió porque era la primera vez que podía elegir desobedecer.
Y prefirió ser culpable de algo propio que inocente de algo ajeno.