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Gea

La primera madre

MaternidadSoledad

Gea era la madre tierra, generosa y fértil.

Esa era la historia oficial.

Gea tenía eternidades cuando entendió que había creado a sus propios asesinos.

Gea no eligió ser madre.

Simplemente... pasó. Como pasa la respiración. Como pasa el latir del corazón.

De su cuerpo brotaban cosas. Titanes. Monstruos. Océanos. Montañas.

No por amor maternal.

Por soledad.

Gea era la única cosa consciente en un universo vacío y su cuerpo fabricaba compañía sin preguntarle permiso a su mente.

Sus primeros hijos eran... incorrectos.

Cíclopes con un solo ojo. Hecatónquiros con cien brazos. Criaturas que dolían solo de mirarlas.

Pero eran suyos. Y ella los amaba porque no tenía a nadie más que amar.

Hasta que llegó Urano.

Su hijo-amante. Su creación que se convirtió en su violador.

Urano la cubría completamente. No la dejaba respirar. La mantenía en perpetuo embarazo mientras despreciaba a los hijos que nacían de ella.

—Estos monstruos ensucian la tierra—decía, empujando a los Cíclopes de vuelta al vientre de Gea—. Vuélvelos a tragar.

Gea tragaba a sus hijos para protegerlos de la vergüenza de Urano.

Los escondía en su propio cuerpo aunque eso la desgarrara por dentro.

Hasta que no pudo más.

Le dio una hoz a Cronos y le susurró:

—Mátaló.

Su hijo castró a su padre.

Gea pensó que sería libre.

Pero Cronos resultó ser peor que Urano.

Se comía a sus propios hijos. Los hijos de Gea. Sus nietos.

Y cuando Zeus derrotó a Cronos, Gea pensó que por fin...

Pero Zeus encarceló a los Titanes en el Tártaro.

Los hijos de Gea. Sus primeros amores.

Gea se dio cuenta entonces de algo horrible:

Cada generación que creaba era más cruel que la anterior.

Había parido la violencia. La había alimentado con su cuerpo. La había criado con su amor.

Y ahora la violencia se había vuelto más poderosa que ella.

Sus propios hijos la ignoraban. Sus nietos la explotaban. Sus bisnietos ni siquiera recordaban su nombre.

Gea entendió que la maternidad no era crear vida.

Era crear cosas que te superarían, te olvidarían, y eventualmente te matarían.

Y que las madres no eran sagradas.

Eran el primer escalón que todos pisaban para subir.

Gea dejó de crear.

Pero ya era demasiado tarde.

Sus hijos habían aprendido a crear sin ella.

Y lo que creaban era aún peor que ellos mismos.