La niña hablaba demasiado.
En el Olimpo, donde cada palabra tenía peso de decreto y cada silencio era una sentencia, Eco no sabía callarse.
No porque fuera tonta. Al contrario. Escuchaba todo. Las conversaciones secretas entre diosas. Los planes de Zeus. Los llantos ahogados de las ninfas castigadas. Y luego... lo repetía.
No por maldad. Sino porque las palabras se le quedaban pegadas en la garganta como miel espesa, y tenía que devolverlas al mundo para poder respirar.
Un día, mientras Zeus discutía con Hera sobre sus infidelidades, Eco se escondió tras una columna. Escuchó cada palabra. Cada mentira. Cada verdad afilada como cuchillo.
Y esa noche, jugando con las otras ninfas, lo repitió todo.
Pero algo extraño pasó. Las palabras salieron cambiadas. Como si hubieran rebotado contra algo invisible antes de llegar a sus labios. La mentira de Zeus sonó a verdad. Su arrogancia sonó a miedo.
Eco se tocó la garganta, asustada.
Era como si las palabras hubieran vivido dentro de ella y hubieran salido transformadas por todo lo que habían visto ahí dentro.
Fue la primera vez que entendió que repetir no era copiar.
Era devolver el eco de lo que las palabras realmente significaban.