El niño tenía ocho años cuando construyó su primera trampa.
No para cazar pájaros como otros niños. Para atrapar el viento.
Había visto a su padre trabajar la madera con manos precisas, pero Dédalo no quería hacer mesas ni puertas. Quería entender por qué las cosas se movían. Por qué el aire corría entre los árboles. Por qué el agua siempre encontraba el camino más bajo.
Así que construyó una caja. Con paredes que se movían. Con pasadizos que llevaban a otros pasadizos. Y en el centro, una pequeña pelota que rodaba sin parar.
Su padre lo encontró allí, absorto, moviendo las paredes como si dirigiera una danza invisible.
—¿Qué haces, niño?
Dédalo no levantó la vista:
—Estoy enseñándole al aire a perderse.
Ese día aprendió algo que lo marcaría para siempre: todo lo que entra, debe salir. Pero él podía decidir cuándo y cómo.
Fue su primer laberinto. Y la primera vez que entendió que crear era controlar.