Tenía cinco años cuando vio morir a su abuela.
Dos veces.
La primera vez fue en sueños, tres días antes. Vio el momento exacto: la anciana dejando caer el huso, llevándose la mano al pecho, la mirada sorprendida antes de cerrar los ojos para siempre.
La segunda vez fue en la realidad. Exactamente igual.
Casandra corrió hacia sus padres, gritando, llorando, sabiendo lo que había pasado antes de que nadie lo supiera.
—Abuela está... está...
Pero los adultos la callaron. "No digas esas cosas, niña." "Los niños no entienden la muerte." "Ha sido casualidad."
Casualidad.
Esa noche, Casandra se quedó despierta, tocándose los ojos, preguntándose si estaban rotos o si el mundo estaba al revés.
Días después tuvo otro sueño. Vio a su hermano cayéndose del árbol del patio. Se despertó gritando, corrió hacia él:
—¡No subas! ¡Te vas a caer!
Héctor se rió. Subió igual. Se cayó. Exactamente como ella había visto.
Pero esta vez, cuando contó su sueño, nadie la escuchó. La mirada que dice: "Esta niña está loca."
Y Casandra entendió algo terrible: ver el futuro no era un don.
Era una condena. Porque la verdad que nadie quiere escuchar se convierte en mentira simplemente por salir de tu boca.
Esa fue su primera profecía real: "Nadie me va a creer jamás."
Y fue la única que se cumplió al instante.