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Ares

El primer golpe

ViolenciaAtención

Ares que había nacido violento y sanguinario.

Esa es la historia oficial.

Ares tenía seis años cuando Zeus le enseñó que la violencia era la única forma de conseguir atención.

Ares era el hijo invisible.

Zeus tenía a Atenea para la estrategia. A Apolo para la cultura. A Artemis para la caza. A Hermes para los mensajes.

¿Para qué servía Ares?

El niño lo intentó todo. Estudió. Cantó. Dibujó. Escribió poemas.

Zeus bostezaba.

—Muy bonito, hijo —le decía, sin levantar la vista—. Ve a jugar.

Pero nunca le preguntaba sobre sus dibujos. Nunca pedía que cantara otra vez. Nunca recordaba los poemas.

Hera tampoco ayudaba.

—Ese niño es tan... normal —le decía a Zeus—. Los otros tienen algo especial. Ares solo... existe.

Un día, frustrado, Ares empujó a otro niño dios en el patio.

Zeus levantó la cabeza por primera vez en semanas.

—¿Qué ha pasado aquí?

—Ares me pegó —lloró el otro niño.

Zeus miró a Ares. Sus ojos brillaron con interés.

—¿Por qué hiciste eso?

Ares se encogió de hombros. No sabía explicar la frustración. El vacío. La necesidad desesperada de ser visto.

—Solo... quería.

Zeus sonrió.

—Interesante —murmuró—. Acércate.

Por primera vez en su vida, Ares tenía toda la atención de su padre.

—¿Te gustó? —le preguntó Zeus—. ¿Pegarle?

Ares no sabía si le había gustado. Pero le había gustado que Zeus lo mirara.

—Sí —mintió.

—Muéstrame —dijo Zeus—. Pégame a mí.

Ares dudó. Luego golpeó débilmente el brazo de Zeus.

Zeus se rió. Una risa genuina. Interesada.

—¡Más fuerte! ¡Pega como si lo sintieras!

Ares golpeó más fuerte.

—¡Así! —Zeus lo abrazó—. **¡Tienes fuerza! ¡Tienes furia! ¿Por qué no me habías mostrado esto antes?

Porque nunca me habías preguntado, pensó Ares. Porque nunca te había importado.

Pero no dijo nada. Solo siguió pegando.

Zeus empezó a prestarle atención. A entrenarlo. A enseñarle técnicas.

—La violencia es honesta —le decía—. No se puede fingir. O tienes fuerza o no la tienes.

A diferencia de la sabiduría de Atenea, que Zeus no siempre entendía.

A diferencia de la música de Apolo, que a veces era demasiado compleja.

La violencia de Ares era simple. Directa. Fácil de medir.

—Eres mi hijo más sincero —le decía Zeus después de los entrenamientos—. Los otros fingen. Tú simplemente... eres.

Ares se convirtió en adicto a esa atención.

Cada pelea era una oportunidad de que Zeus lo mirara con orgullo.

Cada guerra era una oportunidad de demostrar que era útil.

Pero nunca se dio cuenta de que Zeus solo lo miraba cuando estaba siendo destructivo.

Cuando intentaba ser gentil, creativo, o reflexivo, Zeus perdía el interés inmediatamente.

Ares aprendió que solo existía cuando estaba enfadado.

Que solo era amado cuando era peligroso.

Y se pasó la eternidad iniciando conflictos no porque le gustara la guerra,

sino porque era la única forma que conocía de conseguir que alguien le prestara atención.

La violencia no era su naturaleza.

Era su única estrategia de supervivencia emocional.

Y Zeus nunca le enseñó otra.